Amar comporta Vulnerabilidad

Tomás Baviera Puig
Director de Programas
Instituto para la Ética en la
Comunicación y las Organizaciones (IECO)

Asociación PREF. Acto de Clausura del Curso 2014-2015

Valencia, 23 de junio de 2015

 

Introducción

Recuerdo un suceso de mi primer año de carrera. Por entonces residía en el Colegio Mayor de La Alameda. Un día volví de clase poco antes de comer, subí a la habitación a dejar las cosas, y cuando estaba a punto de llegar a la planta de habitaciones, oí unos gritos de dolor que infundían miedo.

Me acerqué corriendo a lvulnerabilidada habitación de donde salían los gritos. Ya se había congregado allí un buen grupo de residentes, que miraban impotentes a Juanjo, un residente de segundo de Derecho. Estaba tumbado en su cama, con los brazos agarrados a la barriga, y sin parar de gritar.

No sabíamos qué hacer. En esas llegó otro residente que estaba haciendo el doctorado, y no precisamente de medicina. Como era el mayor de los allí presentes, todos respiramos un poco aliviados, y le miramos pidiéndole que hiciera algo para ayudar a Juanjo. No sé qué pensaría. Lo que sí sé es lo que hizo en ese momento.

Con voz firme le pidió a Juanjo que se levantara de la cama, se pusiera de pie, extendiera los brazos hacia arriba y luego los fuera bajando. Con mucha seguridad dijo que así probablemente le disminuiría el dolor. Así que, entre grito y grito, teníamos a Juanjo extendiendo y bajando sus brazos.

Como pueden imaginarse, el dolor siguió molestando a Juanjo, que ahora tenía que soportar además el bochorno de vernos mirarle con curiosidad por ver si se curaba haciendo esos movimientos. Afortunadamente, el dolor fue remitiendo, pero nunca sabremos si se debió a estos ejercicios gimnásticos improvisados. Pueden imaginarse que esta “terapia original” fue objeto de continuos comentarios ese año en el Colegio Mayor.

Lo que este episodio demuestra es la importancia de diagnosticar. Ciertamente, aquello podía haber terminado muy mal, pero mucho me temo que la suerte acompañó a Juanjo ese día.

Hay unos dolores que padecemos todos, y que quizá no nos hacen gritar como en el caso de Juanjo. Sin embargo, muchas veces hacemos lo que el residente de doctorado hizo con Juanjo: improvisamos un tratamiento rápido. Me refiero a los síntomas que nos dificultan, y a veces impiden, establecer vínculos de amor y de amistad con los demás.

Esta tarde me gustaría proceder como un médico profesional. Revisaremos algunos de estos síntomas, e intentaremos diagnosticar con precisión. En base a este diagnóstico, buscaremos un tratamiento lo más adecuado posible.

Ahora bien, no hemos de olvidar que errar el diagnóstico supone proponer un tratamiento que probablemente servirá de poco para arreglar el problema. Como en el caso de Juanjo. Quizá incluso contribuya a agravarlo. Así que hemos de proceder con el máximo cuidado, pues lo que está en juego no es otra cosa que la salud del corazón.

 

Síntomas – Brené Brown

Empezaremos por describir la anatomía de las relaciones humanas. ¿De qué manera las personas conectamos? Esta era la principal pregunta que Brené Brown se hacía en el año 2001 al iniciar su investigación en la Universidad de Houston. Su especialidad era Sociología, y quiso ir al núcleo de las relaciones sociales. A lo largo de 10 años reunió más de 11.000 historias personales para tratar de responder a esta pregunta[1].

En su investigación hubo dos hitos importantes: uno sucedido a las seis semanas del comienzo, y el otro a los seis años.

Desde las primeras entrevistas constató un fenómeno curioso. Cuando preguntaba sobre amor, le hablaban de desilusión amorosa; cuando preguntaba sobre pertenencia, le contaban experiencias de exclusión; y cuando preguntaba sobre conexión, le relataban historias de desconexión. No es que no hubiera experiencias positivas. Por supuesto que las había. Pero los entrevistados tendían a acusar mucho más las experiencias negativas.

Pronto identificó una barrera habitual para la conexión humana: el miedo al rechazo. Este temor se traducía en un interrogante que interpelaba en los siguientes términos, de modo más o menos explícito: ¿Hay algo en mí que, si los otros conocieran, haría que me rechazaran? Dicho de otro modo: ¿Seré lo suficientemente bueno como para ser querido por los demás?

Estas dudas afloraban como consecuencia de heridas emocionales pasadas. El miedo a ser rechazado no era otra cosa que un piloto de alerta encendido. El problema venía cuando la prevención conducía a la parálisis: se optaba por aislarse antes que exponerse a recibir nuevas heridas.

Brené Brown pronto tuvo clara su misión: desarticular este miedo. Si era capaz de radiografiar con precisión este miedo, estaba convencida de que podría ayudar a mucha gente que se encontraba bloqueada para vivir unas relaciones humanas más plenas.

Ahora ya tenía la investigación mucho mejor enfocada.

Cuando llevaba seis años analizando testimonios, se fue perfilando un tipo de gente singular. Se trataba aproximadamente del 20% de las historias que había recogido. Eran personas entusiastas, sinceras y con una gran capacidad de empatía. Lo curioso de este grupo es que reconocían que tenían miedo. Eran muy conscientes del riesgo de ser rechazados.

Este perfil de gente no encajaba en lo que podía esperarse. No se distinguían por pertenecer a un determinado estatus económico, ni por un alto nivel educativo. Y lo más llamativo: no tenían un pasado idílico. Todos ellos habían tenido experiencias de exclusión y rechazo, ya fuera un matrimonio roto, o la quiebra de un negocio.

Brené Brown percibió que su investigación empezaba a tambalearse: este grupo no se ajustaba a la hipótesis inicial, puesto que estas personas actuaban con miedo, o mejor dicho, conectaban a pesar de sentir el miedo a ser rechazado.

Así que decidió acorralar a este grupo, a los que denominó gente de corazón entero. Pidió a su marido y a sus hijos que se marcharan cuatro días al campo, y se encerró en casa a revisar de nuevo todos los testimonios y entrevistas. Buscó patrones de comportamiento y criterios de decisiones que le permitieran discriminar a este grupo del resto de gente. En efecto, localizó esa variable, pero se encontró con algo totalmente inesperado.

Brené Bown recuerda que se encontraba sentada en la mesa de la cocina. Tenía dos pilas de papeles con los testimonios seleccionados, y las características que había podido identificar de cada uno de los grupos. Encima de la pila más voluminosa, el que correspondía a los que tenían más dificultades para conectar con la gente, aparecía una lista de rasgos comunes a casi todos ellos:

  • Perfeccionismo
  • Comparaciones
  • Ser guay
  • Dependencia afectica
  • Tanto ganas, tanto vales
  • Búsqueda de certezas
  • Productividad
  • Afán de seguridad

Lo que Brené Brown ni de lejos podía imaginarse era que esta serie de rasgos le retrataban a ella. Se dio cuenta de que se encontraba en el grupo equivocado, entre aquellos que conectaban con los demás con un corazón empequeñecido. Fue tal el impacto recibido que le produjo un severo ataque de nervios.

¿Qué es lo que distinguía a la gente de corazón entero? Según las observaciones de Brené Brown, estas personas amaban con un sentido incondicional de su dignidad. Cuando hablaban o actuaban, no se encontraba en juego su sentido de la dignidad. Su dignidad no dependía de los logros ni de los fracasos, ni tampoco del reconocimiento que le dieran los demás.

La gente de corazón entero había sido capaz de renunciar a quienes pensaban que debían ser para ser lo que realmente eran.

Ahí residía su autenticidad. Por ese motivo podían abrirse a relaciones interpersonales profundas y sinceras. Brené Brown vio con claridad que, si la gente de corazón entero podía actuar con este sentido incondicional de la dignidad, era porque habían aceptado su vulnerabilidad. Este era el punto clave. No hablaban de ella como algo incómodo o doloroso. Reconocían sus defectos personales, los fracasos pasados e incluso los miedos actuales como quien sabe convivir con ellos.

Esta aceptación singular les capacitaba para exponerse emocionalmente a recibir nuevas heridas. La gente de corazón entero tenían la buena voluntad de decir “te amo” primero. Estaban dispuestas a dar un primer paso aunque no hubiera garantías.

 

Agravamiento de síntomas – Frank Capra

Gracias al estudio de Brené Brown podemos tantear un diagnóstico para nuestro problema: las dificultades para empatizar se deben, en buena medida, a una alergia a la propia vulnerabilidad.

Ahora hemos de hacer como los buenos médicos. Un buen médico no solo tiene que diagnosticar correctamente y proponer un tratamiento eficaz. Tiene que afrontar una tarea muy delicada: ayudar al paciente a que quiera curarse. Es el paciente quien se ha de decidir a seguir el tratamiento. Y para ello, el buen médico le ha de aportar una información privilegiada: describir el agravamiento de los síntomas en el caso de que la enfermedad siga su curso.

¿Qué nos sucede cuando nos resistimos a admitir que somos frágiles? ¿A dónde nos conduce el miedo de vernos rechazados?

El mecanismo que activa el miedo suele ser la protección. Uno trata de protegerse de aquello que le atemoriza. En muchas ocasiones el miedo nos empuja a huir. En nuestro caso, el miedo a ser vistos como somos realmente puede llevarnos a buscar compensaciones a nuestra insatisfacción. Probablemente esto explique en parte por qué en nuestra sociedad haya tantas adicciones.

Pero me quería fijar en otra vía de huida, que a mi modo de ver es mucho más perniciosa. Dado que el miedo incomoda, intentamos insensibilizarlo. Para ello, se racionalizan decisiones pasadas en busca de justificaciones y marcamos distancias afectivas con aquellas personas que nos hirieron en el pasado. Se trata de evitar a toda costa una nueva decepción.

El problema de este planteamiento es que no somos un mecano emocional. Nuestros afectos no son piezas independientes cuya disposición pueda ser controlada según nuestro arbitrio. Ahora pongo esta pieza aquí, ahora quito esta otra. La afectividad humana es más bien un organismo emocional en el que todos los afectos están interrelacionados. Esto significa que, cuando uno ahoga este miedo a ser rechazado, está ahogando también los grandes afectos del corazón: la empatía, la gratitud, la alegría.

Frank Capra describió este mecanismo en su autobiografía. Capra es reconocido como uno de los mejores directores de cine de comedia. Probablemente habrán visto su película ¡Qué bello es vivir! (1946), que suele emitirse por la televisión en fechas navideñas.

En sus memorias compartió una reflexión sobre el arte de hacer reír a la audiencia:

En términos sociales, la comedia es una completa rendición de las defensas de uno. Si no te gusta una persona… alzas las defensas. No ríes. Si una persona actúa de forma superior, si le temes… tus defensas están alzadas. No ríes, ni con él ni de él (…) Uno ríe fácilmente entre amigos; les quieres; bajas tus defensas. Y ríes con facilidad entre los inocentes: los bebés por ejemplo. No tienes miedo.[2]

El miedo, sea cual sea, pero particularmente el que nos alerta de que alguien nos puede herir, hace que alcemos barreras. Nos protegemos. Pero escondidos tras esas barreras, no solo no reímos, sino que también se hace muy difícil percibir las necesidades de los demás.

 

Corazón sano – Casablanca

Ahora bien, un buen médico no solo se queda en el agravamiento de síntomas. También resulta muy estimulante saber qué podemos llegar a hacer si nos curamos.

Me parece que nos puede servir para ilustrar estos dos aspectos, el positivo y el negativo, la historia de Rick, el protagonista de la película Casablanca, que fue interpretado por Humphrey Bogart.

La acción de la película transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Casablanca es en esos momentos un lugar neutral, donde acuden numerosos refugiados a la espera de obtener un visado para marchar a Estados Unidos.

La presentación del personaje de Rick es nítida: se trata de un tipo cínico, de mirada indiferente, e incluso castigadora, que sólo lucha por sus propios intereses. Es un trabajador eficiente, y dirige el mejor local de Casablanca. Tiene todo bajo control, y de alguna forma, todos le temen.

Una noche aparece Ilsa, interpretada por Ingrid Bergman, acompañada de su marido Victor Laszlo. Cuando Ilsa pide a Sam, el pianista del local, que toque la canción “El tiempo pasará”, Sam se resiste varias veces, pero al final accede. Ilsa se pone a recordar, y –sin que sepamos por qué- comienzan a aflorar unas lágrimas. La reacción de Rick es inmediata: al oír la canción, acude enojado al piano y recuerda a Sam la tajante prohibición de tocar esa canción. Es entonces cuando se produce el encuentro de miradas entre Ilsa y Rick: los ojos llorosos de ella resisten los ojos duros de él. Dos corazones quedan enfrentados: uno sufriendo y otro obstinado en olvidar.

Rick e Ilsa habían mantenido previamente un romance en París. Ilsa había dado por muerto a su marido, que era un líder de la resistencia contra los nazis. Por precaución, no contó nada a Rick de Victor. Cuando los alemanes avanzaron hacia París, ambos decidieron huir juntos. Pero en ese momento, Ilsa tuvo noticia de que su marido estaba vivo y abandonó sin explicaciones a Rick.

Rick quedó entonces sumido en un profundo dolor: había amado, y había amado sinceramente. En su nueva vida, no solo ocultaba su corazón a los demás sino que efectivamente se había endurecido. Esta dureza aparecerá especialmente en el trato con Ilsa.

El nudo de la historia se trenza en torno a un par de salvoconductos que caen en poder de Rick. Para Victor, estos documentos le darían la oportunidad de seguir apoyando la resistencia anti nazi. Rick lo sabe, pero se resiste continuamente a admitir que tiene los salvoconductos con una indiferencia enervante.

Hasta que Ilsa se juega el todo por el todo. Acude de noche al despacho de Rick a pedirle los documentos. Éste se los niega una vez más, de modo indolente. A Ilsa se le escapa lo que de verdad piensa de él. Le dice:

ILSA: No ves más allá de tus propios sentimientos. Porque una mujer te hirió, quieres vengarte con todo el mundo. Eres débil y cobarde.

La situación se tensa. Ilsa recupera la calma, pero insiste otra vez en pedir los documentos. De nuevo recibe una negativa humillante. Entonces Ilsa saca un revólver y le exige por la fuerza los salvoconductos. Rick no hace nada por apartar el arma, y se acerca lentamente con la mirada fija en Ilsa. Será ella la que se derrumbe. Ilsa ya no puede más, y reconocerá avergonzada su sufrimiento interior:

ILSA: He tratado de olvidarte. Creí que no volvería a verte, que estabas fuera de mi vida. El día que te fuiste de París no sabes lo que pude sufrir. No sabes cómo te he querido. Y te quiero todavía.

Esta confesión es la que desarma a Rick. Él, que estaba atrincherado en sus sentimientos heridos, depone su orgullo y su dureza al ver el sufrimiento de Ilsa. Él, que manejaba un relato erróneo, se encuentra con la verdad: Ilsa también ha sufrido, y mucho más de lo que a él le cabría suponer.

Si no nos cansamos de ver una y otra vez Casablanca, sin duda es por el desenlace. Éste tiene lugar al día siguiente de esta reconciliación. Llegan al aeropuerto Rick, Ilsa y Victor, junto con el capitán francés. Hay un triángulo amoroso y solo dos salvoconductos para huir de la zona de conflicto. No sabemos qué va a pasar, hasta que Rick hace que los salvoconductos sean firmados para el matrimonio Laszlo ante el desconcierto de Ilsa. Rick insiste en que Ilsa debe ir en el avión con Victor.

 

ILSA: No, Rick, no, ¿qué te ha ocurrido? Anoche dijimos…

RICK: Anoche dijimos muchas cosas. Dijiste que tenía que pensar por los dos y es lo que hecho. Y sé que tienes que subir a ese avión con Víctor, que es a quien perteneces.

ILSA: Pero, Rick, escucha…

[Rick le explica que, si se queda con él en Casablanca, terminarían cada uno en un campo de concentración.]

ILSA: Dices eso para que me vaya.

RICK: Lo digo porque es cierto. Y es cierto también que perteneces a Víctor. Eres parte de su obra, eres su vida. Si ese avión despega, y no estás con él, lo lamentarás. Tal vez no ahora, tal vez ni hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida.

ILSA: Nuestro amor… ¿no importa?

RICK: Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido, hasta que viniste a Casablanca. Pero lo recuperamos anoche. (…) Algún día lo comprenderás. Vamos, vamos. Ve con él, Ilsa.

 

¿Por qué esta escena sigue conmoviéndonos? Porque transmite un sentimiento de profunda ternura.

Al desbloquear Rick su corazón, ve el sufrimiento de Ilsa. Y no solo su sufrimiento en ese momento, sino que también razona lo que más le conviene.

Ilsa pertenece a Victor, es parte de su obra. Si Ilsa se va con Rick, él sabe que, con el tiempo, esta situación producirá en ella más sufrimiento todavía por haber abandonado a Víctor. Y se lo quiere evitar porque se compadece profundamente de ella. Esta decisión es posible ahora porque han recuperado París, han curado las heridas del pasado. Esto hace que Rick saque lo mejor de su corazón. Antes era imposible. Rick no actúa ahora por su interés o por despecho, sino que lo hace procurando el bien de ella, aunque él salga perjudicado. No en vano él cuenta que, después de despegar el avión, terminará en un campo de concentración.

Y no solo procura su bien a pesar de salir perjudicado: le dice lo que le conviene sin herirla. Se ha hecho cargo de su sufrimiento, y desea de todo corazón que sufra lo menos posible.

Rick no solo pasa por encima del agravio sufrido a causa de su amor no correspondido. Se hace capaz de promover un bien superior a lo que le dictan sus sentimientos: proteger la fidelidad de Ilsa a Victor. Así es como actúan las personas de corazón entero.

Pero Rick no habría podido hacer esto sin haberse dejado ayudar. Él por sí mismo se habría amargado toda la vida en Casablanca, por haberse sentido despechado. Necesitó que Ilsa insistiera. La reconciliación no se puede lograr sin exponerse a recibir heridas. Solo haciéndose vulnerable resulta posible deponer las armas del orgullo y la obstinación.

 

Tratamiento – Tim Guénard

Vayamos ya con el tratamiento. Llegados a este punto, les tengo que ser sinceros. En cualquier consulta el médico ofrece varias posibilidades de tratamiento. Depende de diversos factores, como la gravedad de los síntomas, o las disposiciones del paciente, o sus posibilidades económicas. En mi caso, solo he encontrado un tratamiento. Y realmente es muy difícil. ¿Por qué? Porque lo primero que hay que hacer es pensar diferente.

En general nos cuesta pensar, porque vamos demasiado deprisa a casi todas partes. Y si además, hay que salirse del pensamiento dominante, entonces la tarea se complica todavía más.

La historia de Casablanca nos introduce en un horizonte donde el amor abarca muchas más posibilidades que el puro sentimiento. Cuando Brené Brown hablaba de las personas de corazón entero, no se refería a que sintieran con más intensidad que el resto. No. Les llamó así porque eran capaces de amar a pesar de tener un corazón herido emocionalmente.

Pero entonces tenemos que abordar la pregunta clave: ¿De qué modo podemos aceptar nuestra vulnerabilidad? ¿Cómo podemos curar nuestro corazón del miedo al rechazo?

Tim Guénard es una de estas personas de corazón entero. Desde pequeño alimentó un sentimiento de rencor muy fuerte contra su padre. Éste le había destrozado literalmente. De modo físico, porque el pequeño Tim tuvo que pasar 2 años internado en el hospital para recuperarse de las fracturas provocadas por los golpes recibidos de su padre. Y le destrozó también interiormente. Tim sólo tenía un deseo en la vida: matar a su padre. Se hizo boxeador, y él mismo cuenta que, cuando se encontraba acorralado en el ring, recordar a su padre le proporcionaba tal impulso que arrollaba al adversario que tenía delante.

El título de su testimonio ya es de por sí muy significativo: Más fuerte que el odio. En este libro cuenta cómo pudo vencer el odio interior. No fue por medio de un acto puro de voluntad. Eso era literalmente imposible. Fue gracias al contacto con un hogar de niños minusválidos abandonados y a la amistad con un sacerdote como Tim pudo, primero, pensar diferente, y poco a poco purificar el corazón. Fue un proceso ciertamente largo, no exento de dolor, que él por si mismo jamás habría podido llevar a cabo.

Así describe Tim ese amor que le hizo capaz de superar el odio interior que le carcomía por dentro:

Amar no es solamente decirle al otro que es guapo, sino asegurarle que puede salir adelante. Es decirle al que está magullado: “Eres magnífico”. Y también lo es asegurarle: “No tengas miedo de ti mismo ni de tu pasado. Eres libre, puedes cambiar, puedes reconstruir tu vida”. Amar es creer que todas las personas heridas en su memoria, en su corazón o en su cuerpo, pueden transformar su herida en fuente de vida. Amar es depositar expectativas en el otro e inocularle el virus de la esperanza[3].

Yo doy fe de que no hay herida que no pueda ir cicatrizando lentamente gracias al amor[4].

Cualquier herida se infecta si no se airea. Y las heridas del corazón se infectan más todavía si se guardan para sí y no se exponen a la vista. Se curan gracias al bálsamo del amor, pero no de cualquier amor. Tiene que ser un amor que inocule esperanza.

Este bálsamo proviene de alguien que descubra nuestra condición vulnerable, y que no nos rechace, que nos acoja tal cual realmente somos. Bajamos las barreras cuando escuchamos: “Tú eres irremplazable”.

En nuestra sociedad individualista, tendemos a pensar: “Seré amado cuando logre este objetivo. Seré amado cuando adquiera estas cosas. Seré amado cuando sea irreprochable”. Hablamos como si el amor pudiera ser exigido o controlado.

Ahora bien, cuando permitimos que otro nos diga: “Conozco tus defectos, conozco tus fracasos, conozco tus sufrimientos. Eso no me importa. Tú eres irremplazable para mí, a pesar de tus imperfecciones”. Si experimentamos un encuentro en estos términos, la curación ya es posible. Incluso bastaría un único encuentro en la vida para que nuestro corazón se pudiera limpiar y aprendiéramos a bajar las barreras. Todavía sería mejor si este encuentro especial se produjera durante la infancia.

Esta vivencia dota al corazón de un vigor inusitado. Nos hace capaces de sembrar la misma esperanza que hemos recibido: la de procurar el bien del otro sin herirle.

¿Por qué el corazón puede vibrar de esa manera? Muy sencillo. La alegría por ser irreprochable es frágil debido precisamente a nuestra condición vulnerable. Tenemos miedo de que aflore. Por eso nos ocultamos tras una máscara al precio de que el miedo termine ahogando el corazón.

En cambio, la alegría de ser considerado irremplazable permanece, independientemente de nuestra condición vulnerable y de nuestros fracasos.

Así es como podemos llegar a ser personas de corazón entero: cuando nos hemos dejado querer sin simulacros, cuando hemos recibido un amor que inocula esperanza, cuando nuestra vulnerabilidad ha sido objeto de ternura y no de dureza.

Llegados a este punto, habremos comprendido que la vulnerabilidad no es sinónimo de debilidad. Este es un error frecuente, debido justamente a un razonamiento erróneo. Correctamente entendida, la condición vulnerable implica coraje para amar, requiere fortaleza para exponer el propio corazón por el bien del otro.

Solo puede hacer esto quien vence el miedo, y solo puede vencer el miedo quien se deja inocular la auténtica esperanza.

Así es como podemos arriesgarnos a la incertidumbre emocional, a hablar con sinceridad, a pasar por encima de los rencores, a obviar las comparaciones, a pedir perdón. Esto no es debilidad: es más bien señal de genuina valentía, la valentía para dar el primer paso hacia el otro, aun sin gozar de garantías en el resultado.

El poeta Holderlin tenía razón cuando escribió: “donde está el peligro, allí crece // también lo que da la salvación[5]. Aquello que nos asusta es necesario para alcanzar aquello que nos proporciona plenitud. Asumir el riesgo a ser rechazado es necesario para saber amar con todo el corazón.

 

Final – Tomás Moro

Los médicos suelen recomendar ejercicios fáciles para prevenir futuras recaídas. Hemos estado hablando de bajar las barreras al otro si queremos amar y dejarnos amar. Pero hay una barrera que es independientemente del otro, y que muchas veces nos oprime. Se trata de la barrera que levantamos cuando nos tomamos demasiado en serio, y nos exigimos más de lo que razonablemente podemos ser.

En nuestra mano está el ir bajando esa barrera. Se trata de un ejercicio muy saludable, que podemos practicar por nuestra cuenta siempre que queramos. Viene de la mano de Tomás Moro, alguien que también tuvo un gran corazón, y al que no le faltaron sufrimientos en su vida:

Bienaventurados los que saben reírse de sí mismo,
porque nunca terminarán de divertirse.

 

Muchas gracias.

[1] Para los detalles de la investigación de la profesora Brown: Brené Brown, “El poder de la vulnerabilidad”, TEDxHouston, 2010, disponible en http://www.ted.com/talks/brene_brown_on_vulnerability, y Krista Tippet, “El coraje de ser vulnerable. Entrevista a Brené Brown”, National Public Radio, disponible en http://www.onbeing.org/program/brene-brown-on-vulnerability/4928/audio.

[2] Frank Capra, Frank Capra. El nombre delante del título, T&B Editores, Madrid 32007, p. 467.

[3] Tim Guénard, Más fuerte que el odio, Gedisa, Barcelona 2002, p. 224.

[4] Ibídem, p. 282.

[5] Hölderlin, Patmos, vv. 3-4. Cit. en: Giovanni Reale, Raíces culturales y espirituales de Europa, Herder, Barcelona 2005, p. 196.